jueves, 18 de junio de 2015

En su noveno largometraje Adolfo Aristarain lleva a escena la historia de Hache, un joven que busca su lugar en un mundo demasiado simple para su complejidad  o demasiado complicado para su sencillez. Mediante el apoyo de sus cuatro personajes principales, Aristarain habla del drama urbano, de los amores no correspondidos, del dolor vivo de la nostalgia, de la insatisfacción de vivir vidas que no quieren ser vividas.








El discurso fluido y entrelazado de los protagonistas embauca al espectador desde el primer momento, embriagándole con la esencia de diálogos llenos de vida, llenos de frases que seducen. Eusebio Poncela da vida a Dante uno de los principales puntos fuertes de la película. Un perdedor al puro estilo Bukowski que se bebe la vida a tragos, con la certeza de que con cada sorbo es mejor que todos aquellos que viven sin saber que están muertos en vida. Es precisamente la compañía de Dante la que ayuda a Hache a tomar una determinación, a escuchar,  a sentir las pulsiones que laten en alguna parte de su yo interno  y que le llaman a hacer algo aunque no sepa muy bien el por qué.





Martin Hache supone la ruptura de una visión estigmatizada del mundo de las drogas. Acerca las adicciones a la cotidianeidad de sus protagonistas, al día a día de personas con futuro que necesitan la compañía de los narcóticos para sobrellevar el absurdo de su presente. Alicia (Cecilia Roth) encarna la cara más sensible y frágil del largometraje, y probablemente, es la que endulza la dura realidad de las adicciones. Aunque no es su adicción a las drogas lo que más cautiva de este personaje, sino una adicción mayor, su amor incondicional a Martin (Federico Luppi). Hombre huraño y excéntrico, refugiado en la comodidad de su soledad y en la incapacidad emocional de corresponder a la mujer que le ama, muestra su lado más delicado cuando el gigante del suicidio parece dar sombra a la vida de su hijo Hache.

Aristarain consigue trasladar al espectador con su película  a la complejidad de un mundo que vive demasiado deprisa, un mundo deshumanizado donde se supone que todos tenemos que ser algo y que no debemos perder nada. Muestra la cara amable de una realidad en la que los protagonistas se pierden entre rostros de desconocidos haciendo de las drogas una compañera de viaje que les ayuda a comprender, a entender una realidad que tienen que vivir. Un viaje a través de la vida oculta de las palabras que buscan a través de elocuentes discursos seducir a los bizarros oyentes que quieran dejarse cautivar.




ESCRITO POR Pablo Francisco Ares Heres

Periodista en el horno, inmerso en la vida oculta de las palabras.

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